Capítulo I
El cambio en México será violento,
el cambio será sangriento
El resquebrajamiento del sistema autócrata, corrupto y totalitario de México será una realidad violenta, un cambio en las estructuras sociopolíticas del país, porque ya era imposible continuar con el gobierno abusivo, emanado de la revolución que impidió el libre tránsito hacia la democracia y hoy con el “gobierno Calderonista” se extiende a nuestros días.
Apoyados en la más férrea cerrazón ideológica, los últimos 50 años significaron la brutalidad de la represión y la agresión criminal de un sistema Priista decadente que había transcurrido por el crimen individual y colectivo, la legalidad espuria y la imposición electoral, con todas las atrocidades, desvergüenzas, componendas y concertasesiones que reeditó el expresidente Vicente Fox.
Por sus características, el sistema político mexicano tiene plena semejanza con los reinados medievales. No fue, ni ha sido, aún hoy, un gobierno republicano, pues rechaza la posibilidad de apertura política aferrándose a la voluntad de un presidente rey que obedeció a los intereses de un grupo beneficiario del sistema, doblegado a la voluntad de unos molestos vecinos del norte y avasallado, cada día más, por la influencia letal del narcotráfico calificado nuevamente por Estados Unidos -como si tuviera fuerza moral para certificar-.
La permanencia del PRI-sistema fue a sangre y fuego. Larga es la lista de los crímenes de estado que dieron sustento y que, al mismo tiempo desmoronaron los cimientos de un sistema caduco y enfermizo responsable de unir a todos los sectores nacionales en la más dramática de las situaciones, hipotecando por siempre la soberanía nacional, entregada a la voracidad extranjera en verdadera traición de lesa patria que Fox continúo cínicamente hasta finales del 2006.
Cuando digo que el cambio será por el cauce violento no es sólo lo aventurado de una hipótesis, es la realidad que cada día palpamos quienes desarrollamos nuestra actividad en los medios de comunicación y que, más allá de componendas, embustes o “chayotes”, tenemos que revelar la precipitación al caos propiciado por el sistema de ayer y hoy para no entregar la inmensa proporción de poder que desde hace más de 74 años detectan un centenar de familias “revolucionarias”: Priistas, Perredistas y Panistas; que transmiten de generación en generación, los cotos que significan las regidurías, presidencias municipales, ministerios públicos, gobernaturas y; por supuesto, la presidencia de la República, todo lo que significa negocios, bajo los colores de nuestra vejada insignia patria; ahí está el libro “La Familia Presidencial” de dos colegas. El Gobierno del Cambio bajo sospecha de corrupción y hoy con Calderón, su Plan de Gobierno 20-30 y sus primeras acciones: el mega operativo “Michoacán” que ha provocado la operación cucaracha, enviando a Veracruz células de tres cárteles de la droga y una organización más del narcotráfico que operan cobijadas por el gobernador Fidel Herrera Beltrán, de forma más sigilosa que en estados del norte de la República según reporte con documentos oficiales de la Procuraduría General de la República (PGR).
El cambio será violento, será sangriento; el aviso está dado con la masacre en la comunidad de Acteal, municipio de Chenalhó, tan violento, como han sido los impunes crímenes de Estado entre los que sobresalen, como la punta del iceberg, las muertes infames de Carlos A. Madrazo, Alfredo V. Bonfil y Luis Donaldo Colosio Murrieta. Las tres en distintas épocas, las tres de distintas formas, las tres asociadas con el reloj público de las sucesiones presidenciales, las tres encabezando la lista sangrienta que incluye a Gabriel Ramos Millán, Apóstol del maíz; Maquío Clouthier, Carlos Loret de Mola, al licenciado Polo Uscanga, Norma Corona Sapien, al Cardenal Posadas Ocampo, a El Gato Félix -a quien presenté con Jesús Blancornelas-, Manuel Buendía, Digna Ochoa, y cientos de mexicanos más, que eligieron entre vivir de rodillas o morir con la frente inundada de patriotismo.
México, País de Cínicos es una denuncia. El grito de advertencia de quien ha vivido inmerso, desde hace más de 35 años, en la transformación de un país hermoso y extraordinario que tuvo la maldita desgracia de ser gobernado por los tres partidos políticos más influyentes de México PRI, PAN y PRD: la escoria nacional. Un México que ha ido de más a menos al empobrecer a una sociedad fastidiada por el cinismo y la rapacidad de los funcionarios públicos y los representantes populares, que han hecho del país un territorio miserable, con sus habitantes de rodillas.
En México, las historias de familia se entrelazan. La capital de los años treintas y cuarentas es como una bellísima fotografía color sepia que se esfuma para que aparezca, a todo color; el matiz de la modernidad. La transición de una ciudad casi rural a una ciudad urbana, de la que iban desapareciendo paulatinamente los rasgos que la identificaban: el tranvía, las polvorientas calles, las casas con cercas de plantas, los cañaverales, la barriada brava, los estanquillos, las tiendas y misceláneas, las pulcatas, las caballerías, las carretas o los anchos sombreros de los capitalinos que daban a la ciudad un aire provinciano, romántico y cálido.
Con celeridad inusitada, el nuevo México evolucionaba. Los Automotores invadían los espacios citadinos y los primeros enormes edificios aparecían en el paisaje urbano augurando el nacimiento de una era transformadora en la industria, el comercio, la agricultura, la educación, la cultura, la política, etcétera.
Gobernaba el general Lázaro Cárdenas con tino y desatino. Con mano dura se sacudió la presencia de Calles. No obstante su severidad y rectitud, logró para su peculio una considerable fortuna que incluía residencias, ranchos y haciendas. Nacía el México País de Cínicos que siempre ha dañado la vida nacional.
Cuenta el historiador Alfonso Taracena en Historia Ilustrada de México, que al concluir el mandato del general Lázaro Cárdenas, la Confederación General de Trabajadores exigía la incautación de bienes, acusándolo de ser propietario del Hotel Washington, en Argentina; de que su hermano, Dámaso Cárdenas (el Raúl de aquel tiempo), disponía de 20 mil barriles de petróleo de Poza Rica para su beneficio personal, y de que, entre otras riquísimas propiedades, el expresidente poseía un latifundio con más de un millón de palmeras y ranchos con ganado de alto registro; casi medio centenar de propiedades (suyas o de sus familiares cercanos), todas obtenidas bajo el poder del llamado Niño Fidencio de la política mexicana.
Bien señala Héctor Cevallos Garibay en su ensayo Orígenes del Presidencialismo que un nuevo estilo de gobernar se impuso al llegar Lázaro Cárdenas a la silla presidencial. Ya desde la campaña política, pero sobretodo a partir del 1 de diciembre de 1934, día de la toma de posesión, prevaleció una forma inédita de ejercer el poder político por parte del Ejecutivo. En efecto, inspirado en una austeridad republicana, acorde con un país de enormes desigualdades y carencias, el primer mandatario ordenó cuestiones como la eliminación del boato en las ceremonias oficiales, el cambio del ostentoso frac por el uso sencillo, la edificación de los Pinos como la nueva casa presidencial en sustitución del fastuoso Castillo de Chapultepec, la reducción del sueldo del Presidente a la mitad de lo estipulado oficialmente -¿le estará copiando Calderón?-, la clausura de los casinos -algunos de los cuales pertenecían a su antecesor, Abelardo Rodríguez- y, sobre todo, la práctica cotidiana de recibir en Palacio Nacional a obreros y campesinos durante una hora diaria para atender sus quejas y oír sus puntos de vista.
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